Muy queridos Teófilos. Con esta expresión quizá poco conocida para muchos, la primera lectura tomada de los Hechos de los apóstoles, nos introduce en la meditación sobre el acontecimiento que hoy celebramos. La Ascensión del Señor.

La primera lectura, nos ha referido que a los apóstoles que el Señor Jesús había elegido, él se les apareció después de su pasión, dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo y durante 40 días se dejó ver por ellos. Justamente eso es lo que en la liturgia hemos experimentado también nosotros en estos pasados 40 días del tiempo pascual. El Señor resucitado se nos ha aparecido, nos ha dado pruebas de su resurrección permitiéndonos ver la gloria de su amor.

Ahora bien. ¿Cómo es esto posible? Muy sencillo para quien tiene fe. Cada vez que en su nombre nos reunimos para celebrar la Eucaristía, Él se ha hecho presente en medio de nosotros y por su Palabra proclamada lo hemos escuchado y en la presencia real que se encuentra en el pan y el vino transformados en cuerpo y sangre suyos le hemos podido además ver, tocar, comer.

Han pasado ya unos 40 días, desde que celebramos gozosos al fin de la Semana Santa la Resurrección del Señor y hemos escuchado hoy como nuevamente estando en la mesa con sus discípulos el Señor Jesús al igual que en la última cena se va despidiendo de los suyos dándoles instrucciones muy precisas. Esta despedida, sin embargo, por paradójica que parezca, no representa una separación, por el contrario, inaugura una nueva forma de estar en medio de ellos, una presencia que puede ser comprendida solamente con la fuerza del Espíritu Santo que les será dado y que en diferentes oportunidades ya les había anunciado. 

El evangelio de Lucas escuchado hoy, al narrar el acontecimiento de la Ascensión, dice que el Señor después de haberle dado instrucciones a sus discípulos, salió con ellos fuera de la ciudad – entiéndase Jerusalén- hacia un lugar cercano de Betania, allí, levantando las manos los bendecía y mientras los bendecía se fue apartando de ellos elevándose hacia el cielo, dice además que,  los discípulos estaban llenos de gozo después de que el Señor se había alejado definitivamente de ellos, cosa esta bastante sorprendente, pues el grado de afectividad entre Jesús y los suyos aunado a lo experimentado durante sus varias apariciones una vez resucitado, haría suponer que ellos y, así lo esperaríamos cualquiera de nosotros, hubieran quedado desconcertados y tristes.

Sin embargo, es evidentemente que ellos no se sentían abandonados, ni tampoco creían que Jesús se hubiera distanciado de ellos a un cielo inaccesible y lejano. Estaban seguros de la presencia de Jesús con ellos. Como él mismo les había garantizado: «Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo» (Mt 28,20). De una manera diferente a como hasta ese momento había sido su relación con el Señor, pero igualmente real, él seguiría estando con ellos. Y lo que aún es más importante, esta nueva relación, ya nunca la perderían.

La actitud de los discípulos nos deja entrever además el grado de madurez en la fe alcanzado por ellos, una madurez a la que, sin embargo, le falta ese plus que representara el envío del Espíritu Santo.

Hemos escuchado también hoy en el evangelio que Jesús bendijo a sus discípulos antes de subir, podemos decir, que esta bendición los preparó a recibir el don del Espíritu Santo, para que la salvación fuera proclamada en todas partes. Jesús mismo les dijo: “ustedes son testigos de estas cosas. Mirad, yo voy a enviar sobre vosotros la promesa de mi Padre” (Lc 24, 48-49).

Si leyésemos además los textos paralelos sobre la ascensión, que encontramos en los evangelios de Mateo y Marcos, descubriríamos además que el Señor antes de subir al cielo, dio a sus discípulos un mandato especifico, el mandato misionero, el mandato de ir por todo el mundo y predicar, anunciar el evangelio, y hacer discípulos bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo y enseñándoles a guardar todo cuanto él les había enseñado.

Es posible que al leer los tres textos encontremos u observemos algunas divergencias o discrepancias que a lo mejor no dejarían satisfecha nuestra humana curiosidad, pero lo importante realmente es preguntarnos. ¿Qué nos ha querido transmitir el autor sagrado?

En definitiva, como cada uno de ellos, como nosotros ante un acontecimiento cualquiera, también nos ofrecen diferentes visiones o lecturas de un mismo acontecimiento, más el mensaje concreto, es único y simple en todos ellos: Jesús ha sido exaltado como Señor y ha encomienda a los discípulos una misión que debe cumplirse.

Ante este mandato misionero de Jesús hoy deberíamos preguntarnos: ¿lo hemos cumplido, lo hemos llevado a cabo? Quizá alguno pueda pensar que esto n o le incumbe, que eso es solo responsabilidad de como dirían algunos de la iglesia institucional, pero no es así, todo bautizado es un discípulo misionero llamado por tanto a compartir la buena nueva del evangelio predicando y anunciando la Buena Noticia a todo aquel que aún no haya conocido a Jesucristo.

A propósito de esto, San Juan Pablo II en su carta encíclica Redemptoris Missio o la Misión del redentor decía: “La misión de Cristo Redentor, confiada a la Iglesia, está aún lejos de cumplirse. A finales del segundo milenio después de su venida, una mirada global a la humanidad demuestra que esta misión se halla todavía en los comienzos y que debemos comprometernos con todas nuestras energías en su servicio. Es el Espíritu Santo quien impulsa a anunciar las grandes obras de Dios: «Predicar el Evangelio no es para mí ningún motivo de gloria; es más bien un deber que me incumbe: Y ¡ay de mi si no predicara el Evangelio!» (1 Cor 9, 16)” R.M 1. Como podemos darnos cuenta hay mucho por hacer al respecto y mucho en lo que comprometernos todavía, ¡no podemos cruzarnos de brazos!

Queridos hermanos.  La Ascensión representa la exaltación definitiva de Jesús, su consagración como Señor. Corresponde, por oposición, a la humillación que representa «despojarse de su condición divina», «hacerse pecado», «humillarse hasta la muerte y muerte de cruz». Es el triunfo último, la proclamación de Jesús Primogénito en quien se revela todo el designio de Dios: su aceptación de la voluntad de salvación del Padre, que pasa por la humillación para llegar a la plenitud.

La Ascensión es «colocar a Jesús donde debe estar», y es un acontecimiento profético, es el anuncio de que “nos precede él primero como cabeza nuestra, para que nosotros, miembros de su Cuerpo, vivamos con la ardiente esperanzade seguirlo en su reino” (Prefacio I de la Ascensión).  Él “, fue elevado al cielo para hacernos compartir su divinidad”. (Prefacio II de la Ascensión). De ese modo hemos sido exaltados a la diestra de Dios, aunque «todavía no se ha manifestado lo que seremos; pero, cuando se manifieste, veremos a Dios cara a cara» 1 Jn 3,2.

El Señor, atrayendo la mirada de los Apóstoles hacia el cielo, quiere atraer también la nuestra para indicarnos cómo recorrer el camino del bien durante la vida terrena. El Señor, al abrirnos el camino del cielo, nos permite saborear ya en esta tierra la vida divina. Con su Ascensión el Verbo retorna a la comunión intima de la Trinidad, solo que ahora el Verbo no es solo verdadero Dios, sino también verdadero Hombre. En Jesús elevado a la diestra del Padre, nuestra naturaleza humana ha sido también exaltada. Por tanto, hermanos, «si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Aspirad a las cosas de arriba, no a las de la tierra” Col 3, 1-2.